Canción del intelectual comprometido con el mundo

Desde mi butaca veo el mundo, sí, desde mi butaca a través de la ventana y con un libro abierto en el regazo veo el mundo. Sí, el mundo, qué hermoso el mundo: esos coches que pasan, esas flores en las macetas de la casa de enfrente, esas nubes en el cielo azul surcado por veloces aviones con destinos lejanos que desde mi butaca y con un libro en el regazo puedo imaginar como si los hubiera visitado. Y mira esos niños que juegan en la calle con un balón de fútbol casi casi enfrente de mi ventana, como si quisieran que yo los viese desde mi butaca con un libro abierto en el regazo, como si estuvieran jugando para mí, mi particular canal deportivo de televisión. Y así desde mi butaca a través de la ventana y con un libro abierto en el regazo los veo jugar con una sensación de plenitud y placidez indescriptibles.

Pero ahora, eh, qué pasa, otro grupo de niños mayores, ya casi adolescentes, viene por el otro lado y les quita el balón, les empuja, los apabulla con gestos y gritos (los gritos no puedo oírlos porque mi ventana es gruesa y hermética, pero los intuyo). Veo a los niños pequeños protestar, y a uno de ellos, delgado y respondón, enfrentarse a ellos. Y ahora, eh, qué pasa, uno de los mayores le ha puesto la zancadilla y lo ha tirado al suelo y le ha dado una patada. Todo esto lo veo yo por la ventana desde mi butaca. El niño no se levanta y los mayores han dejado de reírse, se miran, echan a correr, y los pequeños se acercan a su amigo con miedo, tienen los ojos muy abiertos, puedo verlo desde mi butaca a través de la ventana.

El niño pequeño sigue sin levantarse. ¿Debería hacer algo? Siento el peso opresivo del libro sobre mi regazo y el abrazo posesivo de mi butaca. El teléfono está ahí, al otro lado del salón. ¿Debería levantarme y llamar a la policía, a una ambulancia, a los vecinos? Ya no hace falta: me tranquiliza ver desde mi butaca a través de la ventana que de las casas de alrededor han salido varios adultos atraídos por los gritos de los pequeños, y que poco después llegan un hombre y una mujer relativamente jóvenes, supongo que los padres del niño, pálidos, llorosos, y más tarde todavía una ambulancia que rompe con su sirena el silencio de la tarde y me descentra.

Intento volver a la lectura, pasar la mirada de nuevo por las líneas delgadas de letras en el libro abierto que descansa en mi regazo, pero la lectura se me escapa, las palabras me huyen, las ideas se me esconden. Intento recuperar las profundas reflexiones sobre la verdad, la compasión, la solidaridad, que rondaban por mi cabeza cuando estaba mirando al mundo desde mi butaca a través de la ventana, pero esas profundas reflexiones parecen haber desaparecido de mi cabeza, y no solo de mi cabeza: del mundo. Mis ojos vuelven una y otra vez a la ventana, pero lo que veo allí no es el mundo, sino los restos de la batalla: los niños abrazados a sus padres, los padres abrazados a sus hijos, los enfermeros, un policía, los curiosos.

Pasa el tiempo y sigue arremolinándose gente. Empiezo a cansarme del melodrama, del barullo, de la confusión. Ya está bien, ¿es que el niño no puede levantarse ya de una vez y que siga la vida? ¿Es que es la primera persona a la que ponen una zancadilla, le tiran al suelo y le dan una patada? Me irrita la situación, mi irrita el niño, mi irrita el peso del libro sobre mi regazo y el abrazo posesivo de la butaca. Harto de verlo todo a través de la ventana me levanto y corro las cortinas con un tirón. Ahora ya no hay duda: odio al niño caído en la calle. Por su culpa he tenido que levantarme, me he quedado a oscuras, ya no puedo leer, y encima también me ha privado de mi pasatiempo favorito: mirar desde mi butaca a través de la ventana ese mundo tan hermoso con coches, y niños, y nubes, y aviones, para luego poder escribir estas cosas que escribo.

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7 pensamientos en “Canción del intelectual comprometido con el mundo

    • ¡Gracias como siempre, Ensada!

      Una duda práctica: es posible que hayas leído una primera versión del texto, en la que no estaba incluido el cuarto párrafo (“Intento volver a la lectura…”). Después de publicar esta versión, me ha parecido que hacía falta una transición entre el tercer y el último párrafo, por eso he añadido este nuevo. ¿Opiniones? ¿Está mejor el texto en su primera versión -sin cuarto párrafo- o en la versión actual? ¿O da absolutamente igual?

  1. Jejeje, la primera versión del texto se publicó en este mismo blog, aproximadamente cinco minutos antes que la versión definitiva: el tiempo que tardé en releer la entrada, pensar que le faltaba algo, y añadir un párrafo más. No tengo otro blog supersecreto sólo para bibliotecarios de la Wikipedia, no os preocupéis… 😛

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