Camelot en verano

Camelot en verano se llena de turistas. Es un horror. Los chinos y los japoneses por lo menos no molestan: van en grupo, con sus cámaras y sus gorras, haciendo fotos a diestro y siniestro, hablando en lenguas incomprensibles para nosotros y sin relacionarse con nadie. Podrían estar mirándonos a través del cristal de un acuario, como a animales exóticos: sería lo mismo. Los españoles, los italianos y los estadounidenses son peores: quieren verlo todo, tocarlo todo, meterse en todas partes. Si asisten a un torneo, quieren participar, aunque nunca hayan montado a caballo ni cogido una espada en su vida; si hay una cena de gala, se meten entre los invitados y se ponen a arrancar trozos de carne con las manos, los muy guarros; y cuando Arturo, Ginebra y Lanzarote aceptan generosamente saludarlos desde el balcón, se ponen a gritar “que se besen, que se besen”, y la pobre reina mira para todas partes, avergonzada, y termina haciendo una casta y galante reverencia que no deja contento a nadie. De todas formas, el verano es el peor momento para visitar Camelot: hace calor, hay cuervos por todas partes y la mitad de los caballeros de la Tabla Redonda se han ido a Ibiza a descansar. Además, en verano Camelot está lleno de turistas.

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