Alicia nunca hablaba de sus primos

Alicia nunca hablaba de sus primos. Yo sabía que los tenía, porque había oído mencionarlos a otras personas e incluso yo mismo, si no me equivoco, coincidí con uno de ellos en una fiesta. Tampoco es tan extraño que Alicia nunca hablase de ellos: uno no va por la vida hablando constantemente de sus primos, de hecho yo rara vez menciono a los míos y habrá quien ni siquiera sepa si los tengo o no. Pero en el caso de Alicia se notaba (es difícil de explicar) un esfuerzo consciente por no nombrarlos, una resistencia tensa, terca y oscura. Era como si en el lugar mental que antes ocupaban sus primos viviese ahora un animal peligroso y sin nombre, que hubiera que mantener encerrado y a ser posible dormido.

Para complicar las cosas todavía más, los primos de Alicia y Alicia tenían amigos comunes, así que era casi imposible que de vez en cuando no surgieran en la conversación. Todos sabíamos que Alicia no quería oír hablar de sus primos, aunque curiosamente ella nunca nos lo dijo, ni nos dio nunca instrucciones para que no los mencionáramos delante de ella. Pero a veces, porque nuestra ciudad no es tan grande y todo el mundo se conoce, ocurrían accidentes. “Ayer estuve en el Megacentro y me encontré con Luis”, “¿Con qué Luis?”, “Ah, no, nadie”; “¿Quién estuvo ayer en el partido?”, “Pues Raúl, Borja y, eh, no, y nadie más”.

Era gracioso, pero a Alicia no le hacía ninguna gracia. No le gustaba ni siquiera que se hiciese visible la monumental inexistencia de sus primos. El menor indicio de que alguien se disponía a hablar de ellos, de que habíamos hablado de ellos hace poco, o incluso de que alguien se estaba acordando de ellos por algún motivo, la enervaba: se le ponían tensos los músculos de la cara, se le crispaban las manos, desaparecía de sus labios cualquier indicio de sonrisa.

Una vez (la vez que creo que coincidí con uno de los primos en una fiesta) vi a un chico joven entrar por la puerta con un paquete de seis cervezas en una mano, y la otra en alto saludando a sus amigos. Alicia no tardó ni dos segundos en levantarse del sofá e irse del cuarto a la cocina en tres zancadas. La seguí poco después. Estaba pelando unos limones con un cuchillo de mango negro, probablemente para prepararse un cóctel, o no. Me puse a su lado, apoyado en la encimera, y le solté de repente: “¿qué es lo que pasa con tus primos?”. Alicia dejó de pelar limones, y todavía con el cuchillo en la mano, en silencio, se me quedó mirando como si yo fuese ese animal peligroso y sin nombre que conviene mantener encerrado y a ser posible dormido. Después dejó caer el cuchillo y me dio un beso violento y apretado, doloroso y lleno de rabia. Me cogió de la mano, y salimos de la fiesta sin despedirnos de nadie.

Desde que nos casamos al año siguiente, no he vuelto a mencionar a los primos de Alicia.

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