Así se escribe la historia: un paralelo deportivo

No recuerdo ya cuándo, se me ocurrió que la distancia que va de los hechos, a una historia pre-narrativa (o pos-narrativa) al estilo de los Anales (jijiji, ha dicho “anales”) y a una historia narrativa (o una “historia” en su sentido más habitual), es la misma que va de un partido de fútbol, a una de esas “crónicas minuto a minuto” que publican ahora los medios on-line, y a una crónica típica escrita para publicarse esa noche o al día siguiente.

Me explico: por un lado tenemos los hechos, esa cosa inaprensible llamada realidad. Eso incluye lo que hacen los entrenadores antes y durante el partido, lo que hacen cada uno de los jugadores, lo que hace el árbitro, lo que hace el balón, lo que hace el público. Miles de cosas que suceden al mismo tiempo, que nadie puede captar en su totalidad, y que no constituyen (todavía) un orden, una narración, un sentido. Ocurren.

Frente estos hechos, el cronista-minuto-a-minuto opera ya una selección: no todo lo que ocurre en el campo es detallado en esas crónicas: cada saque de banda, cada falta, cada interrupción, cada pase; lo que ocurre fuera del terreno de juego se anota, probablemente, solo en casos muy excepcionales (disturbios, cánticos racistas, esas cosas). Se ha focalizado ya la atención, pero no podemos hablar aún de narración en sentido estricto. Por ejemplo, si se produce una falta, el cronista-minuto-a-minuto anotará: “falta de X a Y. En el centro del campo. Patada por detrás”. No podrá saber, en cambio, si esa falta va a dar lugar al primer gol, si esa falta conllevará tarjeta amarilla ni, por supuesto, si esa tarjeta amarilla será seguida, muchos minutos después, por una segunda tarjeta y, por lo tanto, la roja.

Y después, el cronista-del-día-siguiente trabaja con esta selección -o con otra distinta- y construye, ahora sí, una narración. Tiene para ello la perspectiva del hecho concluido (por supuesto, el fútbol tiene unos límites temporales cerrados que no existen en la historia normal, pero no vamos a ponernos exquisitos), y la ventaja de conocer qué acciones han tenido consecuencias; si la superioridad inicial de un equipo se mantiene durante todo el partido, o no; si ese gol de Z es el primero de un hat trick, o el que espolea la remontada del contrario… Además, el cronista-del-día-siguiente probablemente hablará también de hechos que no suceden estrictamente en esos 90 minutos (hablará de la trayectoria de tal jugador, del destino de la liga, del futuro del entrenador de turno…), y establecerá, casi con toda seguridad, relaciones de causa-efecto entre unas y otras.

El paralelismo es posiblemente muy estúpido, pero creo que también es bastante didáctico. Muestra que la realidad no puede narrarse como tal: que para contar un partido de fútbol no harían falta 90 minutos, sino muchísimos más (porque, de hecho, ni siquiera una retransmisión televisiva puede decirse que reproduzca “el partido”) y que todo historiador, lo sepa o no, manipula la historia (en el sentido de que introduce en ella un sentido, una causalidad, una disposición narrativa que no existe en la realidad).

Aunque es posible que esto no sean más que pensamientos absurdos provocados porque se acaba la Liga…

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