La toallera y el mantelero (leyenda ilustrada a dos voces)

Casa de los Pereira

Hace tropecientos años, vivían en Cascais dos adineradas familias de burgueses lisboetas: los Ferreira y los Pereira. Los primeros eran dueños del mayor emporio internacional de fabricación, distribución y venta de toallas; los segundos ídem, pero de manteles. Sus mansiones, que rivalizaban en elegancia, tamaño y número de torreones, se encontraban la una frente a la otra, separadas solo por un estrecho puente de una sola dirección. Entre ambas familias existía una amarga rivalidad comercial y social (cada invierno disputaban por organizar las mejores fiestas y atraer a los invitados más distinguidos y servir las torres más altas de Ferrero Roché). Por ejemplo, durante el momento más amargo de sus relaciones, los Ferreira taponaron la entrada de la bahía, en el límite justo de sus posesiones, con un dique de toallas, para evitar que el agua del mar bañase las posesiones de los Pereira, a lo que los Pereira respondieron instalando una compacta barrera de manteles que impedía que la luz del sol del atardecer llegase a las ventanas de los Ferreira.

Casa de los Ferreira

Pero en esta leyenda, como en todas las leyendas que se precien, hay una historia de amor: los toalleros tenían una hermosa y dulce hija, llamémosla Lucía, y los manteleros, un apuesto y gallardo mozalbete, llamémosle Ricardo. Ricardo y Lucía se encontraban furtivamente en el puente, o en los acantilados de la costa de Cascais (que no son muy altos, pero sí muy necesarios para cualquier leyenda que se precie), donde compartían dulces palabras de amor y otras cosas también dulces que no vamos a describir por si hay niños leyendo. Las familias desconocían su pasión, o si la conocían la desaprobaban, y preferían hacer como si la desconocieran.

No tenemos imágenes del marinero Antonio, pero a cambio esto es un faro

La situación, ya de por sí espinosa, se agravó cuando en el año de maricastaña el algodón comenzó a escasear (unas inundaciones en Egipto, o una sequía, o un terremoto, algo: las fuentes no se ponen de acuerdo), y el proveedor habitual de algodón de ambas familias, un marinero astuto, obtuso y rijoso (llamémosle Antonio) les informó -con una risa sardónica: jur, jur, jur- que solo tenía suficiente algodón para abastecer a una de las dos familias. ¡Oh! ¡Qué tensión! ¡Qué giro argumental! ¿Cómo lo solucionarían? Durante semanas, las dos familias meditaron, ofrecieron cada vez más dinero, cada vez más posesiones, cada vez más promesas; el marino, astuto como era, esperaba y veía a los dos contendientes volverse locos de ansiedad.

Entonces los Ferreira tuvieron una idea cruel e inhumana, pero resultona: ofrecerían la mano (y el resto del cuerpo) de su hija como pago por la carga de algodón. La hija, por supuesto, se opuso, lloró, pataleó y contó a su amado la terrible situación en la que se encontraba. Ricardo lloró, pataleó, maldijo su suerte y propuso que ambos escapasen lejos, muy lejos, lo menos hasta Oporto, donde sus familias no pudieran encontrarles; ella dijo que sí; prometieron reunirse esa noche en el puente.

Aquí se reunían los amantes a, bueno, a hacer las cosas que hacen los amantes

Pero ¡ah, oh, uh! la desgracia (que tiene que hacer su aparición en cualquier leyenda que se precie), quiso que el marinero escuchase accidentalmente la conversación, y se propuso hacerse con la mano (y el resto del cuerpo) de Lucía mediante engaños o por la fuerza si fuese necesario. Envió a los más fornidos de sus marineros a atrancar la puerta de los Pereira, de manera que impidiesen la salida de Ricardo, y acudió él mismo a la cita, vestido con sus mejores galas (que no eran muchas). Lucía, espantada al ver a aquel rudo hombretón en vez de a su amante, quiso huir, pero el marinero, más rápido y más fuerte, la atrapó y la apretó contra sí. Ricardo, que por fin había logrado salir de casa, llegó al puente justo a tiempo de ver los dos cuerpos (el de su amada y el de Antonio) refocilando por el suelo, y produciendo gritos y gemidos que él identificó erróneamente con los del acto del amor (o sea, el sexo).

Herido, corrió a esconder su vergüenza y su ira en el saliente de los enamorados, en el que Lucía y él tantas veces se prometieran amor puro y eterno (angelitos…). Lucía, que con golpes, arañazos y mordiscos había logrado librarse del abrazo del marinero y darle esquinazo, acudió a ese mismo lugar en busca de protección y seguridad. Ricardo, viéndola llegar con la ropa y el pelo revuelto, y un color subido en el rostro, creyó confirmados sus peores deseos y, sin darle tiempo a explicarse, la atravesó con su espada. El cadáver de Lucía yacía en el suelo, en una postura indecorosa y un poco absurda, así que Ricardo decidió envolverlo en uno de los manteles de sus padres, que siempre llevaba encima por si acaso (¿por si acaso qué?) y llevársela para casa.

La taberna en la que se emborrachó Ricardo. En su época tenía más glamour.

Después, enloquecido por el dolor, hizo lo que hace cualquiera que está enloquecido por el dolor en cualquier leyenda que se precie: se fue a la taberna más cercana a emborracharse. Allí, con horror, se encontró con el marinero, que entre risas sardónicas (jur, jur, jur) se jactaba de su hazaña -obviando por supuesto la resistencia triunfante de Lucía-, de su astucia y del beneficioso negocio que había cerrado con los Pereira. Enloquecido nuevamente por la rabia (se ve que tenía tendencia a enloquecer), Ricardo tramó un diabólico plan para vengarse.

Al día siguiente, aprovechando que sus padres habían embarcado para Sevilla en busca de nuevos suministros de algodón (y para ver la Feria de Abril), envió un mensaje tanto a los Pereira como al marinero, haciéndoles saber que su familia había decidido abandonar la pelea por el algodón, para dedicarse al más lucrativo negocio del queso de cabra, y para celebrar esta decisión, les invitaba a una cena de gala en su mansión, esa misma noche. Los Pereira, creyéndose finalmente vencedores (¡y sin tener que entregar a su hija!) aceptaron la invitación, lo mismo que el marinero, que pensó pasar una velada muy entretenida riéndose en las barbas (jur, jur, jur) de aquel a quien había despojado de su amada.

El árbol en el que se ahorcó Ricardo (vamos, no os hagáis los sorprendidos, todos sabíais que iba a terminar ahorcándose)

Ricardo los recibió vestido con sus mejores galas (que sí eran muchas) y los guió hasta un amplio salón, donde humeaba un asado rodeado por verduritas del tiempo al estilo de la abuela, y un buen vino tinto de sabor afrutado y retronasales amplios. Los invitados comieron con gusto, creyéndose superiores a su infeliz anfitrión. Todos reían (jur, jur, jur), cada uno por distinto motivo. A los postres, Ricardo elevó su copa, tomó la palabra y dijo: “ahora, estimados amigos, quiero mostraros el pasado y el futuro de nuestras familias, en una sola imagen”. Y tirando de una cuerda, sobre el ventanal principal del salón se desplegó uno de sus manteles, en el que podía verse perfectamente dibujada con sangre (cual sábana santa) el rostro y el cuerpo de Lucía (con influencias de Basquiat).

Si se mira bien, al fondo puede verse el barco del marinero hundiéndose, y hasta escuchar su risa (jur, jur, jur)

El final de esta historia es le que puede esperarse en toda leyenda que se precie: Ricardo, satisfecho con su venganza, y enloquecido por el aburrimiento, se colgó de uno de los árboles del patio, ahorcándose con uno de sus manteles (algunos dicen que con el mismo con el que había envuelto el cadáver de Lucía, pero eso ya parece demasiado retorcido); los Pereira, a los que la gente ya no miraba de la misma manera después de que se comieran a su propia hija, huyeron de Portugal a tierras desconocidas (¿Suecia?), donde nunca recuperaron su antigua fortuna. En cuanto al marinero, Antonio, no se sabe exactamente qué fue de él: partió de Cascais con su cargamento de algodón, y hay quien dice que su barco se hundió en una misteriosa tormenta frente a las Azores, y que lo último que se oyó fue su omnipresente risa sardónica (jur, jur, jur).

Nota sobre variantes: A la otra voz que reconstruyó esta historia (verídica, por supuesto), toda la parte de la antropofagia no le termina de convencer. Ella piensa que es mejor que después de matar a Lucía, Ricardo “simplemente” arroje su cadáver por los acantilados, y corra luego a ahorcarse al árbol de su casa, que es particular. Todo puede ser. Podría ser, incluso, que la misma historia hubiese ocurrido dos veces, una con y otra sin antropofagia. Después de todo, los burgueses son muy raritos…

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5 pensamientos en “La toallera y el mantelero (leyenda ilustrada a dos voces)

  1. exijo la mitad de los beneficios que saques por los derechos de autor de esta historia, si no quieres que te denuncie a la sgae y ramoncín vaya a tu casa a cantarte.
    sigo pensando que la versión no antropófaga era mucho más verosímil pero debo reconocer que tu creatividad no tiene límites; no imaginé que la historia de la toallera y el mantelero diese para tanto.. 😉

    • Por la presente, me comprometo a entregar a la seño Esti la mitad de todos los leuros que gane con la publicación de esta entrada; su adaptación en versión comic, culebrón, película o musical; los artículos de merchandising asociados a ella (figuritas de marinero Antonio, pastelitos comestibles con la forma del cadáver de Lucía, manteles Pereira con manchas de sangre, etc.) así como con las numerosas entrevistas y apariciones públicas que sin duda me serán requeridas en un futuro próximo.

      Y si no lo cumpliera, cumpliese o cumpliere, que el fantasma del marinero Antonio me persiga con toda su furia y con su inacabable risa sardónica (jur, jur, jur) para toda la eternidad.

      Firmado,

      Yo

  2. creo que lo que más me ha gustado es la risa maligna “jur, jur, jur” y eso de que el pobre chaval mancillado siempre llevaba un mantel, “por si acaso”
    madreeeeeee

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