¿Qué hacemos con Sófocles?

Con un día de retraso, aquí llega la “sesuda entrada” sobre Sófocles. Resulta que la semana pasada fuimos a ver una versión de Edipo Rey en el teatro Dona Maria II, a cargo de una compañía conocida de Portugal. Y no nos gustó nada. Un conocido incluso se salió antes de que terminase, y otra amiga no aplaudió al final. El problema es que intentaron hacer una versión “vanguardista” o experimental de la obra, mezclando el texto (que durante escenas bastante largas se respetaba) con música clásica-contemporánea (o sea, discordancias, percusión, violines), un coro de gente hablando al mismo tiempo o, una sola vez en la obra (¿por qué una sola vez?), una mujer cantando en plan “aria de ópera”. La palabra “pretencioso” es quizás la que mejor se aplica al montaje.

Pero es que luego estuve pensando, ¿qué puede uno hacer para ofrecer una versión de Sófocles en nuestros días? Si uno toma la decisión (de por sí arriesgada) de montar un Edipo Rey, ¿qué opciones tiene? A mí se me ocurren tres posibilidades: una versión “historicista” que intente reproducir al máximo cómo se representaba la obra en el momento en que se escribió; una modernizadora pero tradicional, es decir, que adapte el vestuario y el contexto a la situación actual, pero que respete el texto y ofrezca una experiencia teatral convencional; y por último una versión más libre, experimental si se quiere, que parta de la obra de Sófocles pero la reinterprete estéticamente.

De las tres opciones, creo que yo también habría optado por la tercera, porque las otras dos son demasiado conservadoras, e incluso alguien podría preguntarse: “¿realmente merece la pena retomar a Sófocles si no se va a ofrecer nada nuevo?”. Lo que ocurre es que una versión “vanguardista” de un clásico puede ser un bluf, como esta que vimos, o puede funcionar y proporcionar verdaderamente una experiencia estética distinta a partir de una misma obra; y es muy difícil saber qué separa una cosa de la otra. Sospecho que un aspecto clave es que haya una idea general que guíe la adaptación: tener muy claro qué efecto se quiere conseguir en el espectador, qué se le quiere transmitir, y hacer que todos los elementos (vestuario, escenografía, música…) contribuyan a ese efecto. Esto faltaba de manera evidente el otro día, e incluso varios de los elementos integrados (la música, el coro) no solo no ayudaban, sino que dificultaban la comprensión de la obra.

Un problema añadido que tiene Edipo Rey es que una parte importante de su fuerza dramática se basa en el progresivo descubrimiento de la identidad de Edipo. La obra se va llenando de pistas que indican que, efectivamente, el bueno de Edipo se cargó a su padre y se acuesta con su madre (angelito…); pero el espectador actual probablemente ya sabe esas cosas, así que el efecto sorpresa ha desaparecido, y hay que intentar enfocar la atención hacia otros aspectos, como por ejemplo la violencia del poder (digo, así, a botepronto).

En todo caso, siempre es un reto retomar un clásico y ponerlo en escena: hay que saber qué se quiere hacer con él, y poner los medios para conseguir decirlo…

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8 pensamientos en “¿Qué hacemos con Sófocles?

  1. Que quieres que te diga, a mi los clásicos me gustan en el anfiteatro de Mérida, no se si me explico…No es que pida que los actores salgan con peplo, pero tampoco me parece mal.

    Lo único que a mi me gusta es coger el argumento y crear otra obra a partir de él, como se ha hecho en infinidad de ocasiones.

    Todas estás adaptaciones me producen el mismo efecto que el de la cocina desestructurada, donde esté un lacón con grelos, que se quite un sorbete de verduras glaseadas al aroma de pata porcina.

  2. Es en realidad el problema que subyace en las ediciones de textos antiguos, en las traducciones….pero si el texto es realmente un “clásico” es porque mantiene su fuerza comunicativa a través del tiempo. Con peplum o sin peplum, porque como dice Simeón, eso tampoco molesta. Y si no , en efecto, toma los motivos argumentales y escribe una obra nueva, nada de chapucear sobre un autor que ya no tiene voz para reivindicarse.

  3. Bueno, ya sé. Se me echarán encima los defensores de la muerte del autor, el devenir del texto, y esas cosas. Qué le vamos a hacer¡

  4. Sí, en realidad es lo mismo que ocurre cuando uno se enfrenta a una traducción: que se puede o mantener la “extranjeridad” del texto y exigir un esfuerzo al lector, o naturalizar el texto en la lengua y la cultura de llegada, exigiendo, por decirlo así, un esfuerzo al texto. En este caso, el trasvase es temporal (y cultural), además de lingüístico.

    En todo caso, yo no soy especialmente fetichista de la lectura autorial o historicista: los clásicos son clásicos precisamente porque responden de manera distinta en distintas épocas, y creo que es no solo un derecho, sino un deber, el intentar actualizar las lecturas que hacemos de ellos.

  5. Yo estoy de acuerdo con lo que dices en el post. Creo que lo ideal es tratar de hacer una actualización de la obra, pero con una idea clara sobre lo que se quiere. El problema es que muchas veces el aspecto “rupturista” se vuelve una simple excusa para tapar la falta de ideas y la comodidad. En realidad resulta muy fácil hacer una adaptación de esas como la que visteis, que parezca modernita. Lo difícil es que lo sea de verdad, es decir, que innove seriamente, que se tome en serio la obra original y dialogue con ella en profundidad. Si se consigue eso, creo que es tomarse más en serio la obra que hacer una representación con coturnos y máscaras en el teatro de mérida. Que me perdone Simeón, pero eso es más una curiosidad histórica que la representación de una obra de arte. Para eso, lo mismo da que imitemos un simposio griego, que es más divertido.

  6. Bueno, para mí ni tanto ni tan calvo -y trabajo en teatro-. En Mérida yo he visto de todo, desde bailarines de Terzopoulos semidesnudos sin apenas texto, rodando por el suelo, hasta Eurípides versionados una y mil veces haciendo el texto con fidelidad germánica. Y en ambos casos, al final, para mí, el éxito de una obra ha tenido que ver, sobre todo, con la capacidad del director de entender al clásico, de capturar los temas latentes -además de los evidentes- y de hacer suya una idea, no tanto de actualizarla o modernizarla. De regresar al viejo concepto de tragedia, algo que hoy en día no puede existir por pura inercia histórica.

    Yo he visto el Ricardo III de Angélica Liddel o el Macbeth de Bieito, y casi me da un patatús del horror. Pero el público aullaba al final como si fuera la última función de la historia del teatro, como si el mundo se acabara mañana. En ambos casos, eran “despiezamientos” de las obras originales, donde la mano del director tenía tantísimo protagonismo que cualquier parecido con el original era pura coincidencia. A mí esto no me parece mal, pero la línea que separa el “actualizo para que la gente me entienda” del “voy a hacer una cosa tan personal que saldré en la sección de sucesos” es muy fina, parece ser.

    Al final, mi conclusión es que los clásicos son demasiado buenos, a veces, para directores con egos grandes. Yo no conozco a nadie mejor que Eurípides, y claro, un director aclamado, renombrado y existoso tiene que hacerse notar, no puede quedar empeñado detrás del griego. ¡Y no hace falta! Puedes poner a Antígona en pelotas, vestir a Creonte de drag queen y montar una coreografía digna de eurovisión, pero el mensaje del texto clásico seguirá siendo el mismo. Depende de tu talento, por tanto, ser capaz de hacer tuya esa idea (en todos los casos , siempre es el hombre contra el estado, contra la norma), y calar hondo en el público. Si logras que la gente se vaya a su casa discutiendo eso, las mallas o los pompones dan igual. Eurípides vuelve a ganar.

  7. ¡Me apunto! ¿Donde lo hacemos? El simposio, me refiero 😀

    Es una opción personal. Teatro existe que juega con todos los elementos a su alcance, lo que no quita que el clásico sea eso mismo, un clásico. Me pasa lo mismo con la música, puedes adaptar y se hace mucho, una pieza para que la toque un conjunto moderno, con sus samplers y su canesú, lo que no quita que prefiera oírla por una orquesta sinfónica.

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