Buscar piso en Lisboa (II): anécdotas

Ver 25 pisos (aproximadamente) repartidos por todo Lisboa, da para ver de todo: lo bueno, lo malo y lo regular. Ya he contado algo de lo malo: pisos-colmena, pisos-oficina, pisos-abuela, pisos-comuna… Pero a lo largo de la búsqueda (aproximadamente semana y media, aproximadamente 25 pisos) también me lo he pasado bien, y he conocido -brevemente- a un montón de personas: con algunas llegué a hablar algo; con otras era simplemente la “visita guiada” de rigor, las FAQ habituales (¿hay tiendas alrededor? ¿el precio incluye gastos? ¿cuántas personas viven en el piso?).

Y cómo no, la búsqueda también ha dado para algunas anécdotas (más o menos) divertidas:

El piso con / sin humedad

Llego a un piso, bastante oscuro y antiguo, y me recibe la dueña, una señora simpática de mediana edad. Empezamos a hablar del tiempo (lleva lloviendo una semana en Lisboa) y me dice: “pero no te preocupes, este piso no es nada, nada húmedo”. Después pasa a enseñarme el cuarto de baño. El suelo está algo mojado. “Es que lo he fregado esta mañana, y todavía no se ha secado. Ya sabes, con esta humedad…” Cuando ya me estoy despidiendo, intenta abrir la puerta, pero está atascada. Se abre al segundo tirón. “Es que ya sabes, en invierno las puertas se deforman. Con tanta humedad…”

Tos

Voy a ver un piso en la Baixa. Me abre otra señora, algo mayor, y justo cuando me está abriendo la puerta le da un ataque de tos, largo y profundo. Se tapa educadamente la boca con la mano, mientras sigue tosiendo. “No te preocupes”, me dice riéndose, “no es la gripe A”. E inmediatamente me tiende la mano con la que se había tapado la boca, para que se la estreche.

Resaca

Quedo para ver un piso a las 12.30 del sábado. Me doy cuenta de que no tengo la dirección completa: solo el nombre de la calle, el número de portal y el número de teléfono del que lo alquila, pero no el piso. Así que a las 12.20 le llamo para que me dé el resto de los datos. No me coge. Llego a la calle y miro el edificio: un edificio bastante hecho polvo, por cierto. Vuelvo a llamar a las 12.30; nada. A las 12.40, por fin me contesta, con un “Mmmmmh” que dice claramente que se ha dormido. Le pregunto el número del piso; me lo dice; llamo al portero y me abre; subo las escaleras; llamo a la puerta; nada. ¿Me habré equivocado? Compruebo el número de portal y el del piso; vuelvo a llamar; nada. Al otro lado de la puerta oigo ruido de vasos. Pasos que corren. Más vasos. Vuelvo a llamar y me siento en la escalera. Cinco minutos después un brasileño con los ojos rojísimos y la voz pastosa me abre y me enseña rápidamente la casa. En su defensa, debo decir que la casa no me gustó y que no habría alquilado ese cuarto aunque me hubiera recibido vestido de frac.

Casa con vampiros, mala es de guardar

Otra visita, llego al portal y toco el timbre. No contesta nadie. Vuelvo a llamar. Nada. La puerta del portal está abierta, así que decido entrar (no es la primera vez que visito una casa en la que no funciona el timbre). En el portal hay muebles apilados; no encuentro el interruptor de la luz; todo está lleno de polvo. Empezamos mal. Utilizando el flash de mi móvil como si fuera una linterna (momento McGiver) subo hasta el primer piso, en el que se suponía que estaba el cuarto que iba a alquilar. La puerta está cerrada, pero está tan hecha polvo que se puede ver a través de las rendijas. La casa está polvorienta, parece abadonada. A través de las ventanas entran las luces de los coches, proyectando sombras móviles en las paredes: me vienen a la memoria las películas de vampiros o de zombies. Bajo las escaleras poco menos que corriendo. Al salir, compruebo el portal: es el 26A. El piso que yo iba a ver estaba en el portal 28: un edificio nuevecito con ascensor, portero automático y sin vampiros.

El último cuarto

El último cuarto que voy a ver (de hecho, cuando voy a verlo ya he decidido alquilar el que definitivamente he alquilado) está en una zona llamada Alfornelos, o sea, para ser Lisboa, donde Cristo dio las tres voces. De hecho, yo ya le había dicho a la chica que lo alquila que me parecía que quedaba demasiado lejos, pero ella insiste, que no, que en metro son 15 minutos. Así que voy. Me lleva media hora en metro llegar desde Cidade Universitaria hasta Afornelos. Otros 15 minutos andando desde el metro hasta la casa. Cuando llego, nada más abrirse la puerta, un perrazo negro enorme se abalanza contra mí y empieza a lamerme. Un gato mira la escena, seguramente despreciándonos a los dos. La visita a la casa no dura más de 5 minutos. Antes incluso de entrar, ya he decidido que no quiero vivir aquí. Nos despedimos. Me lleva 10 minutos llegar al metro (ahora que ya sé el camino tardo menos) y otra media hora llegar hasta mi residencia. En total, casi 2 horas para ver en 5 minutos un piso que desde el principio no me interesaba. Como pequeña venganza, esta es la única persona a la que no he escrito para decirle que ya había encontrado otra cosa.

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2 pensamientos en “Buscar piso en Lisboa (II): anécdotas

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