Estampa otoñal

Hoy hace un día de verdadero otoño en Constanza. Hace fresco, las señoras se aprietan los pañuelos en la cabeza, los jóvenes se cierran sus chamarras. El cielo está gris y oscuro, y se va oscureciendo cada vez más a medida que avanza la tarde. El viento, y el paso de los coches, revuelven las hojas caídas, que salen volando por todas partes tropezando con los paseantes. Es viernes, las calles se van quedando vacías. No llueve, pero amenaza con llover. Me refugio en uno de los cafés del centro comercial, donde me cobran 10 lei por un mal machiato. En el piso de arriba, una chica de voz estridente, a la que me imagino vestida de duende, canta canciones para entretener a los niños mientras sus padres compran ropa, joyas o televisores. Chilla, da palmas, canturrea con su voz de pito. Me gustaría subir y estrangularla con el cable del bafle. Pero como el asesinato todavía no forma parte de mis costumbres, me conformo con sentarme en el café, aprovecharme de su wifi y ponerme a bajar el último capítulo de Mad Men.

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4 pensamientos en “Estampa otoñal

  1. ¿Otra vez esa voz interior que insiste en que acabes con todos nosotros, pequeñoTate? No habrás abandonado los fármacos otra vez… Hasta que no cuelgues un ‘afoto’ en la que aparezcas en la Constantinopla esa, seguiré pensando que estás en el barrio tomatero con la persiana bajada, barbudo y riéndote por lo bajini de la que estás liando con todo esto de Rumanía.

    • ¡Mátalos, mátalos! Que noooo, que son buena gente. ¡Que no, que son vampiros disfrazados! Que noooo, que los vampiros no existen… ¡Sí! ¡No! ¡Sí! ¡No!

      Muahahahaha…

  2. Siempre he odiado las voces de pito. Es un odio que no atiende a razones, porque el tímpano de eso, poco. De pequeño odiaba al Duende del globo. Ya no estoy seguro de si tenía voz de pito en realidad o sólo se la atribuí para justificar un odio previo, más misterioso aún. El caso es que le escribí una carta llena de vituperios, esperando, con fe de niño, que la abriera en directo y la leyera y quisiera morirse de la vergüenza de ser quien era.

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