Rumanía (5): acabo de llegar…

Las primeras impresiones al llegar a Rumanía son contradictorias. Humanamente, no puedo tener ni la más mínima queja, como ya comenté en otro post-telegrama. La gente de la universidad se ha ocupado de mí desde el principio, me han buscado un alojamiento impresionante (una habitación gigantesca en una residencia para estudiantes con pinta de recién estrenada, y con un balcón mirando al Mar Negro) y se han preocupado además de ponerme en contacto con otras personas también “recién llegadas” a Constanza, que es algo que se agradece muchísimo cuando eres nuevo en algún sitio.

En cambio, las primeras vistas de las ciudades y los paisajes rumanos han sido bastante decepcionantes (aunque es muy pronto, claro…). De Bucarest yo esperaba algo así como otro Budapest, que me gustó muchísimo, porque tenía un encanto decadente de las grandes urbes venidas a menos, pero que conservan su dignidad (monumentos, edificios…). Bucarest, por lo que he visto, y por lo que he leído en la guía, tiene poco de eso que ofrecer. La mayoría de sus monumentos antiguos han sido destruidos en alguna de las guerras, invasiones, revoluciones o reestructuraciones urbanísticas de los últimos siglos, y prácticamente solo puede presumir de un par de palacios faraónicos de la época del comunismo y de Ceaucescu.

Además, aunque en Bucarest hay algunos detalles que demuestran el impacto de la globalización, la modernización del país y hasta cierta opulencia (grandes hoteles y bancos, enormes carteles publicitarios de multinacionales cubriendo las fachadas de los edificios, alguna limusina por la calle…), por lo demás la sensación que da es que necesitaría un lavado integral de cara (chapa y pintura): hay edificios que se caen, desconchones y mugre en las paredes, una estación de autobuses que avergonzaría a un pueblo de tercera de España… Y el tráfico: una locura de cruces, pitadas, atascos, cortes de calles (no, no hablo de Madrid).

El paisaje de Bucarest a Constanza tampoco era nada del otro mundo: una planicie sin fin, sin una montaña ni un bosque a la vista, hasta que a unos 70 km. de la ciudad la carretera se corta con el Danubio (que no es azul) y empiezan a aparecer árboles y algunas vistas interesantes. De Constanza casi sólo he tenido tiempo de ver mi residencia y el campus, así que me reservo mi juicio para más adelante-.

Por supuesto, estoy abierto a que Rumanía me convenza de que me equivoco, y me enamore con sus paisajes, sus edificios y sus gentes. De momento, solo me gustan sus gentes.

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