El edificio (reboot, 94)

Cuando se construyó el edificio no se planearon salidas de emergencia ni protocolos de evacuación: no se imaginó siquiera la posibilidad de que alguien quisiera abandonar el edificio, y mucho menos de que quisiera abandonarlo con prisa.

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El edificio (reboot, 94)

(Otra hipótesis: termitas. ¿Pero qué clase de termitas pueden invadir un edificio donde no hay madera sino cemento, acero, vidrio, piedra? El tipo de termitas que ha tenido que llegar a existir para que pudieran invadir el edificio. Porque cuando algo tiene que suceder, sucede, independientemente de las leyes divinas y humanas, y las condiciones para que suceda se cumplen, de una forma al mismo tiempo implacable e incomprensible).

El edificio (reboot, 93)

En el piso 947, un hombre ya anciano mira por la ventana y piensa: nuestra generación construyó este edificio, hermoso, magnífico, imponente, destinado a durar milenios; ahora la generación de nuestros nietos lo deja caer, cuando no lo derriba con sus propias manos, sin importarles el esfuerzo y sacrificio que nos llevó levantarlo.

Naturalmente, recuerda mal: no fue su generación quien construyó el edificio, sino la generación de sus tataratatarabuelos; no fueron sus sacrificios ni su esfuerzo los que lo levantaron, sino los de quienes pusieron la piedra, el cemento, el acero, el vidrio en el lugar en el que están ahora; y sobre todo, nada puede estar destinado a durar milenios, y si dura milenios es porque de la utopía original ya solo queda el esqueleto vacío, alrededor del cual la carne se pudre y se despoja.

Tampoco acierta a pensar que quizás la generación de sus nietos con las ruinas del edificio acierte a construir algo hermoso, magnífico, imponente, aunque también efímero, porque así es el paso de los tiempos, así ha sido siempre y así tiene que ser.

El edificio (reboot, 92)

Las puertas del edificio se cierran con estruendo, como un redoble tenebroso de tambor. Se acalla, en cambio, el rumor incesante de los camiones. ¿Qué ha pasado? Que el mundo exterior ha dejado de enviar suministros al edificio, porque el edificio no los paga. ¿Y los pagaba antes? No, el edificio no ha pagado nunca por los suministros que recibe. Lo que pasa es que el mundo exterior ha dejado de ver al edificio como a un dios implacable al que conviene apaciguar con ofrendas, o como a un dios cándido que a lo mejor algún día las devolverá con creces. Ahora, el edificio es un matón que durante años ha usado su tamaño y su fuerza para robarle la merienda al resto de los niños; solo que ese matón ya no es adolescente, y tiene artritis, y artrosis, y la amenaza de una violencia que nunca llega ya no es amenaza suficiente. En el interior del edificio la noticia del cierre de las puertas tarda meses en ascender hasta la aguja superior; para cuando el último edificitario del último piso se da por enterado, en los pisos inferiores la situación de hambruna es ya insostenible.

El edificio (reboot, 91)

(¿Tú sabes cómo va a acabar la historia?, me preguntan. Es lo que más me preguntan. Claro que sé cómo va a acabar, todo el mundo sabe cómo va a acabar, hace siglos que lo sabemos, los grandes relatos de la humanidad siempre acaban igual: en el apocalipsis. Quien imaginó el edificio por primera vez, quien dibujó los primeros planos, quien puso la primera piedra, quienes con sus manos y cuerpos colocaron sus vigas y paredes y cables, incluso las ratas de los sótanos o los monos de los huecos de los ascensores saben cómo va a acabar esto, y sin embargo todos siguieron adelante, porque hay catástrofes que son necesarias. Y yo también sigo adelante con mi papel de cronista, porque las catástrofes, si no se cuentan, además de necesarias se vuelven inútiles).

El edificio (reboot, 90)

Llega el invierno a un lugar donde el invierno nunca llega. Una capa de hielo de espesor variable recubre el edificio; el atrio se oscurece, los círculos exteriores se despueblan, hay quien dice que en los pisos superiores, más estrechos, barricados y orgullosos, no sobrevive nadie. Arden más ascensores que nunca; la estructura metálica del edificio se contrae, se estira, se deforma por el contraste absurdo de temperaturas. El edificio, que visto desde lejos parece una espada laser jedi o un flash de fresa, gime de dolor y de desespero.

¿Gime?

Gime.

El edificio (reboot, 89)

Los ruidos comienzan a recorrer el edificio: ruidos desconocidos hasta entonces, imposibles de identificar. Los edificitarios ya están acostumbrados al barullo de cuerpos en movimiento, al chillido de los monos, a los gritos de dolor de las mujeres albinas en sus cubículos oscuros, al rumor de los ascensores y, desde hace poco, al rugido de los ascensores ardiendo, al chillido de los monos, al ronroneo de camiones que entran y salen del edificio, al casi imperceptible zumbido que provoca la oscilación de la aguja, al llanto de un bebé que acaba de nacer en el piso 570 y sus padres lo asoman por el balcón del atrio para que el edificio lo bendiga. Pero estos ruidos de ahora son nuevos: vienen de lo profundo de la tierra (también llamado sótanos) y a veces suenan como una carcajada diabólica, y otras como una lenta acumulación de gases que anuncia la proximidad del mayor pedo de la historia.