El edificio (reboot, 146)

Un físico teórico de la universidad de Burgund ha propuesto una teoría revolucionaria: si observamos cada átomo, cada partícula subatómica, cada neutrón, protón, electrón, muón, bosón, fermión, quark, veremos que en realidad son un pequeño edificio completo, con sus cimientos, sus anillos, su atrio, su aguja, su infinitesimal vida interior; del mismo modo, si de algún modo consiguiéramos salirnos del universo y observarlo desde una distancia suficiente, veríamos que, sí, también tiene forma de edificio, un edificio tan gigantesco que nuestra galaxia sería solo una partícula en un átomo de un grano de arena incrustado en el engranaje de uno de sus ascensores. Ni siquiera sus colegas físicos teóricos saben si este hombre habla en serio o en broma, en un sentido literal o metafórico, si lo que propone es un modelo o una realidad. Probablemente no sea otra cosa que un ejercicio de nostalgia: intentar reaprehender lo inaprehensible. El edificio no nos pertenece, ni siquiera pertenece a la historia. El edificio no es de este mundo, y no hay fuerza gravitacional ni teoría de cuerdas que cambie eso.

Anuncios

El edificio (reboot, 145)

(En el edificio había normas muy estrictas en cuanto a la limpieza de pasillos, paredes, techos, alfombras, lámparas, ventanas. Nadie limpiaba su propio piso, ni los pisos inferiores al suyo; nadie limpiaba su propio círculo, ni los círculos más interiores que el suyo. Siempre había que “subir” a limpiar; siempre había que “salir” a limpiar. Y como es imposible limpiar una cosa sin manchar otra, porque la suciedad no se destruye sino que se traslada, el edificio y su estructura social consistía entonces en una gran espiral de la mugre, que era empujada hacia abajo y hacia afuera constantemente, hasta llegar al subusuelo. Quién sabe cuánta grasa, polvo, pelo, piel, desechos orgánicos e inorgánicos fueron así sepultados bajo las toneladas de peso del edificio, ni en qué se transformaron todos esos residuos, qué raíces echaron bajo tierra y cuánto costaría arrancarlas, si es que es posible hacerlo).

El edificio (reboot, 144)

Grandes máquinas (¿venidas de dónde, enviadas por quién?) arrasan y allanan las ruinas del edificio, ciegan el pozo central y se llevan consigo carretadas y carretadas de arena, que depositan en el mar. Cuando los camiones vuelven al lugar, se encuentran con que las ruinas siguen estando allí, que el pozo central ha vuelto a abrirse y que hay tanta arena como al principio, o más. Arrasan y allanan las ruinas, ciegan el pozo, tiran carretadas y carretadas de arena en el mar; vuelven las ruinas, el pozo, la arena. El ciclo se repite innumerables veces; no importa que dejen un equipo encargado de vigilar el lugar en su ausencia, de forma casi imperceptible todo vuelve a formarse y a repetirse  sin violencia pero sin descanso. No renuncian: quien los ha enviado (¿quién?) exige que no quede rastro del edificio, ni rastro de rastro del edificio. Con tanta arena que han retirado y volcado inútilmente, el mar comienza a secarse, a salarse, los peces mueren y aparecen flotando en la superficie del agua. Es un antidiluvio.

El edificio (reboot, 143)

—¡Qué bonito era el edificio!

—¿Tú lo conociste?

—¡Qué lo voy a conocer! Cuando se cayó el edificio yo tenía… dos años. Dos años y medio. ¡Pero eso se sabe! El edificio era… el edificio era la hostia. La hostia de bonito.

—¿Cómo era?

—Era… ¡buá! Era alto de la hostia. Era altísimo. Y muy bonito. Precioso. Blanco o… azul. Del color del cielo.

—¿Blanco o azul?

—Azul. Del color del cielo. O blanco. Gris. Si el cielo era gris, el edificio era gris.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has visto fotos del edificio? ¿Vídeos?

—¡Qué voy a ver! No hay ninguna foto del edificio. Ni vídeos, ni cuadros, ni nada, eso todo el mundo lo sabe. No queda ninguna copia del edificio, ni de sus planos, ni de nada. Pero era muy bonito. La hostia de bonito, era. Tenía forma de donut, así, en el suelo, dicen, con un agujero en el medio, igual igual que un donut. Y ocupaba media África.

—¿Media África?

—O Asia. Media. De algo.

—Pues tienes razón, qué bonito debía ser el edificio, joder. Qué bonito.

El edificio (reboot, 142)

Algunos, intentando olvidar el edificio a toda costa, no hacían sino hablar de él constantemente; otros, queriendo recordarlo, no conseguían articular una sola palabra sobre él, evocar una imagen, dibujar un boceto, conjurarlo en la oscuridad de los ojos cerrados. Así, el edificio pasó a existir en dos planos y en ninguno, el del recuerdo y el del olvido, como se dice que viven los espíritus cuando regresan en las noches más largas del invierno para cambiarlo todo y recordar quiénes somos verdaderamente.

El edificio (reboot, 141)

No fue una revolución, sino una especie de parada multiorgánica social: la gente dejó de ir al trabajo, de atender a sus hijos, de comer, lavarse, dormir, respirar. Una apatía insoportable e invencible se apoderó de la vida: el instinto de supervivencia salió por la ventana y por la puerta entró la resignación. Las autoridades debían hacer algo, pero a las autoridades también les había invadido la consciencia del vacío y el sinsentido de la existencia. Obligar a la gente a seguir viva, a seguir actuando con normalidad… ¿cómo, para qué? Ciudades enteras sucumbieron en un silencio plácido y en una inmovilidad desértica. Luego empezó a oler, pero no había nadie que pudiera olerlo, así que tampoco importaba demasiado. El mundo entraba en coma, y no había nadie que intentase despertarlo. (Todo esto a lo mejor no tendría nada que ver con el edificio, si no fuese porque esta agonía por incomparecencia se extendía en círculos desde el lugar donde el edificio se erguía, como una onda invisible).

El edificio (reboot, 140)

…fueron tiempos confusos… después del derumbe del edificio… como un sueño extraño… grandes masas de gente vagando… como una vigilia o una indigestión… grandes masas de gente vagando al exilio, pidiendo refugio… como una fiebre… tiempos confusos, terribles… como no poder despertarse de una pesadilla… las madres ahogaban a sus hijos en el río… después volvían a quedarse embarazada… como una alucinación… aunque no se supiera quién era el padre… ni si había padre… como un insomnio interminable… no poder dormir o no poder despertar… vagando en medio del desierto, pueblo elegido… cuando se posó la polvareda… como un castigo divino… cadáveres de niños flotando río abajo, sonrientes…