No tan breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 3

Si me preguntasen por qué escribo estas cosas todas, sobre todo tanto tiempo después de que estas cosas todas tuvieran lugar, responderé que no lo sé. Si me preguntan si estas cosas todas pasaron como digo que pasaron, diré que, hasta donde una memoria puede ser fiel a la realidad de los hechos recordados, sí, pasaron. Contestaré ofendida con una negación rotunda a quien me acuse de querer ganar notoriedad, de buscar vengarme de mis fantasmas, de intentar limpiar mi fama, a estas alturas no tan limpia como yo desearía, porque la fama de las mujeres siempre hay quien busque ensuciarla, como la piel del armiño, mientras que la de los hombres, como la de los cerdos, siempre parece dispuesta a aceptar otra capa de mierda e incluso darle uso.

Si insitieran en preguntarme: ¿por qué, Ana Joaquina, por qué, por qué cuentas estas cosas todas que cuentas, por qué escribir algo en vez de no escribir nada, no era más digno callar y dejar que el silencio y el olvido y el polvo ocultasen tu cuerpo?, yo insistiría en responder: ¡no lo sé, no lo sé, no lo sé!

Solo sé que contar sus vidas eran lo que hacían los autores de las obras que leía en las bibliotecas de las monjas, y eso es lo que aprendí a hacer, y eso hago, caiga quien tenga que caer.

Anuncios

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

La siguiente vez que vi a sor Catalina fue en unas circunstancias bien diferentes. Estaba yo en la biblioteca sentada, esperando que viniera mi profesor particular, hojeando distraída los apuntes de ciencias naturales y saboreando anticipadamente las gominolas que iba a comer con el dinero sisado, pero cuando se abrió la puerta quien entró no fue el profesor, sino sor Catalina. No un escalofrío, no una sensación extraña e indefinida: lo que me invadió fue la certeza de que algo estaba mal, algo grave e irremediable.

—Hoy no hay clase —dijo la monja—. Ya no vas a tener más clases particulares.

Por un momento me creí descubierta: imaginé todo el castigo diferido durante los últimos meses, reuniéndose en un único golpe brutal y cayendo (metafóricamente) sobre mis espaldas. No, ni siquiera conseguí llegar a imaginar el castigo, en su concreción definitiva: ¿encierro, estudio constante, expulsión del convento? Las fuerzas me abandonaron y me entregué a mi destino. Afortunadamente para mí, la monja no había terminado de hablar.

—Ha muerto la madre de Javi.

—¿Quién es Javi?

—¡Tu profesor particular! Se ha muerto su madre. Su padre se lo va a llevar a vivir a Madrid con él. Me imagino que querrías despedirte de él, pero dadas las circunstancias… El funeral será mañana en San Juan Evangelista, ¿quieres ir?

No, no quería ir: tenía mucho en que pensar. En primer lugar, en todo lo que no sabía sobre mi profesor particular, empezando por su nombre: Javi. En el tiempo que pasamos juntos se había creado una intimidad ambigua y suspicaz, pero que dejaba grandes parcelas de oscuridad en las que nunca entraba el sol, ni la inteligencia, ni la compasión. No era desencaminado decir que había usado a Javi en mi propio provecho, en todas las formas que se me ofrecían a la mano.

Era, aunque no lo supiera, un momento profundamente ético el que ante mí se colocaba: dado que la autoridad externa, las monjas, ignoraban lo que había hecho, y probablemente iban a ignorarlo para siempre, me correspondía a mí, y solo a mí, decidir qué hacer a continuación. Devolver el dinero no era una posibilidad, ya que el dinero ya no existía, o mejor, había cambiado rápidamente de manos; confesar el delito y asumir el castigo parecía excesivo y hasta infantil. La disyuntiva, entonces, era meramente mental, o si se quiere, anímica: si observar los meses anteriores como una era culposa y una oportunidad para la redención, o si aceptar, como norma de mi comportamiento, el aprovechamiento de cualquier circunstancia y de cualquier individuo, en beneficio propio.

Me analicé por dentro; si era sincera conmigo misma, no sentía ninguna culpa, ni aun sabiendo, a retazos, del complicado y doloroso destino de Javi, el recién huérfano Javi. Así, acepté, aceptándome, que no era una buena persona, al menos en los términos en los que la sociedad, que apra mí eran las monjas, lo definían. Yo era yo, y había creado, mal que me pese, mi propio sistema moral, en el que no cabía nada ni nadie más que mi propia supervivencia.

Y así, decidí no decir nada, y seguir adelante. Y así, acaba este capítulo y empieza el próximo.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

¡Qué lento pasaba el tiempo en el convento, sobre todo durante los fines de semana! Esos días en que no había alumnas, las monjas parecían entrar en hibernación e incluso Elenita desaparecía para pasar unos días con unos tíos segundos de Basauri que si no la querían, por lo menos la soportaban y no le trataban demasiado mal.

Esos días, ni siquiera la biblioteca era suficiente consuelo: esos días la biblioteca me parecía inútil, cansina, repetitiva, limitada y limitadora. El tedio lo invadía todo, se pegaba a las paredes, a la ropa, a la piel, y hacía que desease más que nunca haber nacido en otro lugar, en otras condiciones, con otro nombre y otra sangre en las venas.

Lo único que me distraía, o mejor, que me anestesiaba hasta la llegada de días mejores, era pasear por el convento, incansable, sintiendo bajo los pies descalzos los cambios de textura y temperatura de la piedra, el cemento, la alfombra, los azulejos. Recorría los pasillos, daba vueltas al claustro, pisaba la hierba que crecía salvaje en el patio. Mi universo me era una cárcel: hervía.

Fue en una de esas tardes deambulatorias cuando vi algo que no era supuesto ser visto, ni por mí ni por nadie. Era un día fresco de primavera; mis pasos me llevaron sin mayor motivo hacia el sótano, donde grandes máquinas lavaban y secaban las sábanas y las ropas de las monjas. Había una humedad caliente en el aire como de selva tropical o invernadero de plantas exóticas. Cerré los ojos, abrí los brazos, sentí pequeñas gotas de sudor y condensación formándose.

De repente, un murmullo, una vibración, un cambio en el ambiente me hizo saber que no estaba sola. Me agaché detrás de unos de los carritos en los que se transportaba la ropa y contuve la respiración. Entonces distinguí, en un rincón en sombra al fondo de la sala, a sor Catalina, y fijándome mejor vi que no era solo sor Catalina, sino que con ella estaba otra monja, Lucía, una muchacha joven, de aspecto frágil, que había entrado en el convento menos de un año antes.

Se besaban; incluso desde la distancia, con la oscuridad y la confusión, daba para percibir que se estaban besando.

—Esto está mal… es pecado… está mal… —decía sor Lucía, en un susurro que casi era un sollozo.

—Sí —le contestaba sor Catalina, con una voz mucho más firme—, esto está mal. Esto es un pecado muy grave.

Y seguían besándose y las manos recorrían los cuerpos por encima y por debajo de la ropa. Yo, que las veía, no sabía lo que pensar de aquello: había algo grotesco y absurdo en la diferencia de sus complexiones y edades, en la distancia entre sus palabras compungidas y la avidez de sus bocas. Pero también, intuía yo sin saber muy bien desde dónde, había allí algo poderoso, algo verdadero, algo que merecía salvarse y que no debía ser interrumpido ni mancillado.

Recorrí el camino hasta la puerta con un cuidado felino, agachada para hacerme invisible; las dejé allí besándose y disfrutando de su pecado feliz, y me prometí a mí misma que nunca contaría a nadie lo que había visto, y nunca lo conté, y nunca lo he contado. Hasta ahora, quiero decir.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

Otra consecuencia de mis salidas cada vez más frecuentes del convento (porque lo que no se conoce, no se desea) es que de repente aprendí el valor del dinero. A ello contribuyó también Elenita, que en nuestros paseos, a los que ella, sin consultar a dios ni al dialo, se había apuntado, pasaba más tiempo con la frente apoyada en los cristales de los escaparates que contemplando la belleza de los montes que nos rodeaban.

Después de una vida de ascetismo y estoicismo, estaba descubriendo el hedonismo, el consumismo, la lujuria de la posesión. Tanto daba el tipo de tienda: chucerías, ropas, carnicerías, tiendas de chinos en las que vendían papel de regalo, globos, zapatos, ollas a presión, gatos que mueven el brazo, incienso contra el mal de ojo o los dolores de espalda. Elena todo lo veía, todo lo quería, no podía pagar nada, moría de tristeza a cada paso. Solo ante las librerías pasaba con desprecio y desinterés, y entonces era yo quien tenía que pedirle que esperase, mientras mis ojos recorrían con avidez las portadas, los nombres, los títulos, todos ellos desconocidos para mí porque nada tenían que ver con las lecturas pacatas y polvorientas que la biblioteca de las monjas podía ofrecerme.

Lo comenté con sor Catalina, una monja gorda, siempre sudorosa, y que se ocupaba de los asuntos más mundanos del convento, incluido el trato con Fernando y su camioneta; me dijo que si quería algo concreto se lo pidiera, pero yo no quería nada concreto: quería la potencia de la compra, más que su actualización, que sería siempre decepcionante por no corresponder con la fantasía. Así, no podía nada, y nada recibía. Elenita y yo éramos pobres de solemnidad.

Quiso entonces venir el destino en mi ayuda, o mejor que el destino la inflación y el ajuste del IPC, como muchos años más tarde vendría a aprender: fue que las monjas, tan blandas de corazón con los buenos como secas de mollera con la maldad, decidieron aumentar cinco euros la paga que daban a mi querido y descoordinado profesor particular. Ya podrá el lector imaginar a qué bolsillo fueron esos cinco euros, y que no fue aquel al que estaban destinados.

Pero pronto, porque el corazón es voraz cuando consigue lo que quiere, más que cuando no lo consigue, con esos cinco euros no fue suficiente para colmar mis necesidades recién descubiertas, ni por supuesto las de Elenita, con quien compartía mi botín en una proporción de cuatro a uno. Así que fui más allá en mi malversador plan: una tarde particularmente irritante por lo banal le dije a mi tutor que las monjas, porque motivos contables que era complicado explicar, habían decidido pasar a pagarle al mes, y no a la semana.

Así, no solo ganaba los cinco euros por semana del aumento nunca repercutido en el trabajador, sino que además, si los meses eran más largos y alguna clase más se colaba en los últimos días, ese dinero quedaba para mí, en coparticipación con Elenita. Y el profesor particular, si alguna vez sospechaba, callaba, y si alguna vez parecía cerca de hablar yo acercaba más hacia él mi cuerpo para que sintiese mi calor a través de las ropas. Después de eso, dejaba de pensar en protestar por la reducción del sueldo, e imagino que pasaba a pensar en otras cosas bien diferentes.

Lo importante es que no protestaba, y que con ese dinero yo podía comprarme algún libro muy diferente de los de las monjas, y Elenita algún chuche que le estropeaba los dientes pero no conseguía que engordase ni siquiera un gramo.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

Por aquella altura también sucedió otra cosa inesperada: gané una amiga, o ella me ganó a mí, o la vida me la mandó para enseñarme algo que en aquel momento todavía no sabía lo que era.

Muerta sor Teresa, apartado de mí Fernando por una barrera de culpa, vergüenza y deseos oscuros, quizás el universo estaba haciéndome saber que nadie es una isla; que se nace solo y se muere solo, pero solo no es posible sobrevivir; o que una mujer (sí, porque yo para entonces ya empezaba a entender que ser mujer me marcaba a ojos del mundo y de los demás) está mejor si tiene otra mujer con la que compartir el fardo de los días.

Aunque en realidad, y esto también lo entendí bien pronto, Elena era mi fardo más que mi apoyo para compartirlo. Era pequeña, pequeñísima, tan pequeña que era inverosímil, pero sin llegar a ser enana. Flaca, huesuda, sin un gramo de carne en los huesos más de lo necesario. Los ojos agrisados, apagados, Elena no era particularmente inteligente ni brillante en ningún aspecto.

Cómo y por qué nos hicimos amigas, es un misterio que se pierde en el tiempo. Si se intenta bucear en la memoria para descubrir cómo nacen las amistades, quizás se consigan encontrar algunas conversaciones, algunos encuentros, algunos intereses comunes, pero lo más probable es que todo parezca aleatorio y contingente, de manera que quienes se transforman en amigos del alma, bien podrían haberse ignorado mutuamente durante el resto de sus días, como planteas cuyas órbitas no se cruzan nunca.

Elenita se sentaba dos pupitres por detrás de mí; como era algo miope, y como la chica que se sentaba entre nosotras se mudó con sus padres a Barcelona, pasó a sentarse exactamente a mis espaldas; empezamos a hablar, empecé a protegerla de los ataques de las otras alumnas, no por compasión sino por no dar a esas estúpidas la satisfacción del triunfo. Pronto Elenita me seguía a todas partes, hasta en el baño. Cuando yo pasaba las horas en la biblioteca, ella se sentaba en un rincón, mirándome.

—¿No quieres leer? —le preguntaba yo.

—¿Eh? —contestaba ella, con los ojos muy abiertos.

Creo que cuando peor lo pasaba era cuando yo estaba en las clases particulares; ahí se sentía excluida, porque a ella las monjas la daban ya por perdida. Como un perrito triste me esperaba sentada en el patio, y cuando salía de clase venía corriendo hasta mí, tan contenta que casi podía ver cómo meneaba una cola invisible y ancestral.

—¿Qué has estado haciendo durante mis clases? —le preguntaba, a veces.

—¿Eh? —contestaba ella, con los ojos muy abiertos.

También este tipo de amistades tenían sus antecedentes en los libros que solía leer, aunque las amistades, como casi todo, solían ser masculinas.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

Los buenos deben saber tener paciencia, como los malos evitarla.

No.

Los buenos saben tener paciencia, porque esperan el bien; los malos, porque ansían provocar el mal lo antes posible, la desprecian.

Aprendí a admirar estas frases redondas, paradójicas y sabias en los libros de la biblioteca de las monja, pero quizás no estoy todavía preparada para producirlas. Diré, solo, que como yo no soy ni buena ni mala, sino simplemente un ser que camina por el mundo, no podía llegar a cumplir los 18 años; el tiempo no pasaba, todo era igual a sí mismo menos yo, y así, crecida, en un cuerpo crecido y con una inteligencia crecida, el mundo a mi alrededor se me quedaba pequeño.

Afortunadamente, las monjas parecieron comprender esto con un instinto centenario y obtuso, y me permitían escapadas algo más largas al pueblo, por el monte, pero no, todavía, más allá de la línea de tren que me unía a la civilización. En estos paseos veía yo muchas cosas de las que nadie me había hablado y que tampoco aparecían en mis libros; no las entendía, pero las fijaba en la memoria para intentar más adelante asimilarlas.

Me refiero, por ejemplo, a la política, que estaba totalmente ausente del día a día del convento, como si no les afectase nada de lo que ocurriese más allá de sus muros y no les uniese a sus semejantes nada más que una compasión indefinida y una creencia sin consecuencias en la salvación de la humanidad. En Berriz, que no es el centro de nada ni está ni siquiera mínimamente cerca de nada, encontré pintadas en las paredes, carteles en euskera (lengua que las monjas solo me habían enseñado de una forma muy rudimentaria y displicente), banderas en los balcones, pancartas en el ayuntamiento.

Supe que en algún momento tendría que decidir si esas cuestiones me implicaban a mí o no, pero también supe que ese no era el momento de decidirlo. Al fin y al cabo, solo tenía dos o tres horas cada tarde para pasear, y la biblioteca del convento parecía no acabarse nunca.

Breve historia de la precaria Ana Joaquina – capítulo 2

Las monjas no sabían lo que hacer conmigo, y lo que finalmente hicieron, lejos de ayudar en el sentido en el que ellas lo pretendían, más bien me acompañó en un camino diferente que yo ya estaba decidida a emprender.

Me buscaron un profesor particular: un chaval de Berriz que estaba estudiando una ingeniería técnica en Bilbao, sobrino de una monja, a la familia no le venía mal un poco de dinero extra, según la monja antipática me explicó. Era feo, de cara muy larga y mandíbula inferior salida, como un plátano, torpe con las manos y con las palabras; debía de saber mucho de física y química y ciencias naturales, pero fuera de esos ámbitos, la lámpara de mi mesilla era más instruida que él.

Dos días por semana venía al convento, nos encerrábamos en la biblioteca, sacaba sus libros, me hacía preguntas, le respondía lo primero que me venía a la cabeza, no me interesaba nada. Seguía siendo buena con los números, pero todo aquello me importaba más bien poco.

En cambio, lo que me interesaba era la reacción de aquel chico a mi presencia: estaba claro que lo incomodaba, hasta el punto de provocar sudores en invierno y tiritonas en los días más calientes del verano, que en Berriz no eran muchos ni muy calientes. Jugaba con él: me aproximaba, hacía que nuestras manos se tocasen, me quitaba los zapatos y frotaba los pies uno contra otro (a veces con las uñas pintadas de rojo: eso parecía ponerle particularmente nervioso).

No me considero, nunca me he considerado una belleza; mi cuerpo es más rectangular que curvo, mi cara, vulgar y sin brillo. Que Fernando se hubiera aprovechado de mí me hacía sentir aún más indigna y no más deseable, como si aprovecharse de mi cuerpo hubiera sido no una agresión sino un desprecio. Pero aquel, en la biblioteca con el profesor particular temblando ante mi cercanía, fue el momento en el que descubrí que incluso una cara así, incluso un cuerpo así, podían tener eco y poder; que los ojos de los hombres, cuando ven a una mujer, no ven a esa mujer sino su propio deseo de ella.

Al final, el chico aquel de Berriz sí que me enseñó algo: mucho.