El edificio (reboot, 42)

(Algunas de estas cosas que se dicen aquí sobre el edificio no son ciertas; algunas son contradictorias, otras absurdas. Pero es imposible distinguir las unas de las otras. El edifcio, como una Penélope que no tiene a quien esperar ni miedo de que no la esperen, teje infinitas redes de texto a su alrededor).

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El edificio (reboot, 41)

El edificio no reconocía ninguna autoridad externa y no tenía ninguna autoridad interna. Por supuesto, estaba en un territorio de lo que una vez fue un país, pero cualquiera podía comprender que el edificio era su propio territorio, su propio país. Su funcionamiento quería ser el de un organismo vivo; el edificio era una utopía y un accidente muy hermoso. La compleja maquinaria que controlaba todos los procesos que sostenían la vida en el edificio hacía su trabajo de hormiga sin reina a la que servir; si alguna vez la maquinaria respondió a un plan, ese plan se había olvidado, y ahora parecía responder solo ante sí misma. Luego pasó lo que pasó con los ascensores y se comprendió que si el edificio era una utopía, también era una trampa; era un accidente muy hermoso, pero también una imposibilidad.

El edificio (reboot, 40)

En la decoración del edificio no se permite el arte abstracto, no figurativo, experimental, decadente; solo cuadros de jarros con flores, marinas en acuarela y retratos de personas que vivieron hace mucho tiempo o que a lo mejor ni siquiera existieron. Es mejor así, dicen, e igual tienen razón, aunque sea por los motivos errados. Con el paso del tiempo, el edificio desarrolla su propio estilo artístico, el edificismo, en el que un jarro con flores puede al mismo tiempo ser un retrato y un atardecer en una playa salvaje. Mirar uno de estos cuadros da náuseas y vértigo, pero no se puede dejar de mirarlo, como un accidente mortal en la autopista o una vaca podrida en un campo de alfalfa.

El edificio (reboot, 39)

(A pesar de todo, parece ser que sí hubo un tiempo en que el edificio todavía no existía. Algunos creen que eran tiempos más felices, porque no había la ansiedad de estar fuera del edificio: todo el mundo estaba fuera del edificio, porque el edificio no existía; para otros eran tiempos trágicos, porque no había ni siquiera la posibilidad de estar dentro del edificio, porque todo el mundo estaba fuera del edificio, porque el edificio no existía. Felices o trágicos, toda la memoria de esos tiempos se ha ido borrando a medida que el edificio ha ido extendiendo su sombra en todas las direcciones del tiempo y el espacio, y ahora el edificio está ya en Gilgamesh y en la Biblia y en el Popol Vuh y en todos los libros que se han escrito y en los que no se han escrito todavía ni se escribirán para siempre, incluso cuando el edificio y su sombra y la tierra en la que nació hayan desaparecido en la nada, o no).

El edificio (reboot, 38)

La mayor sensación de vértigo se tiene alrededor del piso 250; a esa altura, da la impresión de que se alcanza a ver la superficie entera de la Tierra (lo que, aun siendo imposible, quizás sea cierto). Más arriba de esa altura ya no se siente vértigo, porque no hay puntos de referencia en relación con los cuales se pueda sentir vértigo. Y también porque en los pisos más altos se vive de puta madre.

El edificio (reboot, 37)

Entrar al edificio por primera vez (así me lo han contado) es una experiencia transformadora y traumática; como una mariposa que se mete en la crisálida y sale de ella transformada en gusano. Ya antes de atravesar la puerta, cualquiera de las puertas, se siente uno invadido por una sombra densa que no es física ni está producida por el sol (porque el edificio proyecta su sombra y su luz simultáneamente en todas las direcciones). Una vez dentro, esta sensación de asombramiento se repite y se multiplica y parece extenderse no solo en el espacio sino también en el tiempo. Pero luego los ojos se acostumbran al interior del edificio; el cuerpo se acostumbra al interior del edificio; la consciencia y el espíritu se acostumbran al interior del edificio. Y ya no se quiere estar en ninguna otra parte ni se siente nostalgia del tiempo de las mariposas.

El edificio (reboot, 36)

Si se mira desde un piso bajo, se ven las filas y filas de camiones que entran en el edificio con comida, agua, ropa, juguetes, libros, productos de higiene, grandes y pequeños electrodomésticos así como todo tipo de bienes de consumo que van de lo imprescindible a lo ridículamente accesorio, y también las filas y filas de camiones que salen cargados de basura orgánica en descomposición, papeles rotos, botellas partidas, plásticos sucios, aparatos estropeados y también, sí, cadáveres humanos en mejor o peor estado de conservación. Desde estos pisos bajos, el edificio parece una máquina terrible de consumir, quebrar, triturar, digerir. Desde los pisos medios, todo este movimiento se transforma en un correteo de hormiguitas que hasta hace gracia por su rapidez y su constancia, que hacen que lo discontinuo parezca continuo; el caos, orden. Desde los pisos más altos no da para ver nada; el edificio se transforma así en un ser místico y abstracto, como un faquir que no necesita comer para seguir viviendo, y los productos que uno necesita no parecen venir de ninguna parte: simplemente aparecen, sin que uno deba preguntarse demasiado por su origen ni las condiciones de su producción.